Antes de viajar a otra ciudad en avión, y sobre todo si te vas de Erasmus, lo primero que miras es la conexión entre el aeropuerto y el centro de la ciudad. Llegas perdido, cansado, expectante, emocionado; y lo único que necesitas es que un metro te lleve hasta la puerta de tu casa para poder dejar el equipaje y comenzar a explorar la que será durante unos meses tu ciudad.
Tarea difícil esa de encontrar la supuesta parada de metro que viene marcada en tu mapa. Antes de perderte del todo, decides preguntar en la oficina de turismo del aeropuerto pero, para tu sorpresa, te mandan a un autobús: “kein U-bahn” (ningún metro), te dicen. Así que cargas con esas dos maletas pesadísimas que llevas (y eso que por aquello de no pagar el exceso de equipaje has dejado cosas esenciales como las toallas o la maquinilla de depilar en tu casa –y te arrepentirás de haberlo hecho-). Pues bien, como digo, coges las maletas y te dispones a buscar ese autobús al que te han mandado. Cuando lo encuentras tus planes no hacen más que desvanecerse por momentos ya que ese autobús te parará en algún punto de la ciudad desde el cual no tienes ni la más remota idea de cómo llegar a tu casa. El caso es que cuando te bajas de ese autobús, tras temer por tu vida en varias ocasiones (¡hay que ver como conducen estos austriacos!), tienes que encontrar la parada del metro.
El metro aquí es otro mundo. Para empezar, no existen esas puertas mecánicas que solo se abren cuando has metido tu billete: aquí los espacios son abiertos. Cuando ves esto, un único pensamiento invade tu cabeza: “vaya lelos, aquí me cuelo yo todos los días y no pago ni un billete”. Error. La gente de estos sitios en honrada. Y mucho. Todos pagan aunque las facilidades para colarse sean muchas. Así que si un revisor te pilla no vale con irle con el cuento de que no te ha dado tiempo validar el billete. Aquí son 80 euros y, si no, haber pagado, majete.
Ya dentro de las instalaciones sientes que has llegado al mundo civilizado. Subes a tu metro y oyes algo así como “glut blaibn bite” (meses después descubres que en realidad es “zurückbleiben bitte”, o sea, permanezca detrás, por favor). En este momento, los rezagados que llegan en el último segundo para ver como se cierran las puertas, se quedan ahí parados. Y te dan ganas de gritarles “pero venga, entrad, dadle al botón de abrir la puerta y entrad”. Pero no, ellos esperan, no se abalanzan sobre el metro intentando abrir la puerta a la fuerza mientras el vagón está en movimiento. Y es que aunque este metro se te escape, sabes que en exactamente cuatro minutos llegará otro.
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