Si es que cuando uno estudia un idioma nuevo nunca sabe como acertar. En primer lugar te centras en la gramática para intentar hablar sin errores pero, más tarde, te das cuenta de que lo que realmente necesitas es vocabulario. Y para que aprendas palabras, palabritas y palabrejas, están diseñados los libros. Tenemos la lección de fiestas, la de la familia, de la casa, de los viajes, de los pasatiempos y el tiempo libre, de la cultura, del trabajo pero ¿dónde está la lección de la enfermedad y los problemas? No, no busques, no está. Así que el día que te pones malo, estás jodido. Descartas la opción de ir al médico rápidamente solo por no buscar un centro al que ir, coger metros, pagar… Así que mejor bajas a la farmacia, que para eso la tienes cerquita de casa. Si ya de normal tu mente va lenta a la hora de hablar, aún es peor cuando la fiebre no te deja pensar. Intentas explicarle a la farmacéutica lo que te pasa y dado que las palabras no es que no te salgan, es que no las sabes, recurres al idioma de los gestos que, afortunadamente, es universal. Es así de simple: no sabes explicarle que toses con mocos y que te duelen las anginas pero sabrías decirle a la perfección que en tu tiempo libre lees, viajas y haces fotos; y que tu casa tiene tres habitaciones, cocina y dos baños además de jardín y balcón. Pero eso no viene al caso.
Gracias a la paciencia infinita de algunas personas (que no todas, ¡ojo!) con los guiris (entendiendo aquí por guiri a mi misma), consigues tus medicamentos y te vas a la cama sintiéndote un poco imbécil por no haber podido explicar una cosa tan simple. Sólo te queda dar las gracias al sistema de enseñanza de idiomas.
miércoles, 1 de diciembre de 2010
jueves, 25 de noviembre de 2010
14. Reconocerás a los españoles en las discotecas por su forma de bailar
Si es que los españoles, para bien o para mal, nos hacemos notar allí donde vamos. Uno de los ámbitos en los que somos inconfundibles es en el tema de las fotos turísticas. Que hay que hacerse fotos delante del Coliseo de Roma saltando o haciendo la conga, allá que vamos. Que es mejor hacerlo cantando “Que viene mamá paaaaaato, pachín”, tampoco hay problema: por cada pachín una foto, para eso estamos. Y luego decimos de los chinos.
En los cafés y en el metro tampoco es que pasemos desapercibidos. No lo podemos evitar. No es que seamos escandalosos, es que nuestro tono de voz es elevado y, además, nos gusta reírnos, para qué negarlo. Así que no hace falta que prestes atención al idioma que hablan los miembros de un grupito en una cervecería porque si sólo se les oye a ellos es que son españoles.
Y es que aquí hasta los niños lloran diferente. Parece que en España aprendemos desde la cuna la forma de llorar en el metro o en cualquier lugar público para dejar a nuestros padres en ridículo. La manera perfecta son los gritos con pataleo incluido. Y si nos tiramos al suelo mejor que mejor porque así nuestros padres, esos malvados que nos niegan una piruleta, sentirán vergüenza. Aquí no, aquí los niños sollozan un poco para no molestar al resto y todos tan contentos. ¡Qué educados!
Pero a lo que iba: se nos reconoce. Y qué mejor ejemplo que bailando en las discotecas. Lo ves de lejos. Y es que no hay duda: si baila con las manos arriba, parece poseído cuando escucha Sexy bitch y se le oye más a él que a la música, entonces es español. Puedes acercarte con tranquilidad y gritar: “¡eh tío, que yo también soy español!”.
En los cafés y en el metro tampoco es que pasemos desapercibidos. No lo podemos evitar. No es que seamos escandalosos, es que nuestro tono de voz es elevado y, además, nos gusta reírnos, para qué negarlo. Así que no hace falta que prestes atención al idioma que hablan los miembros de un grupito en una cervecería porque si sólo se les oye a ellos es que son españoles.
Y es que aquí hasta los niños lloran diferente. Parece que en España aprendemos desde la cuna la forma de llorar en el metro o en cualquier lugar público para dejar a nuestros padres en ridículo. La manera perfecta son los gritos con pataleo incluido. Y si nos tiramos al suelo mejor que mejor porque así nuestros padres, esos malvados que nos niegan una piruleta, sentirán vergüenza. Aquí no, aquí los niños sollozan un poco para no molestar al resto y todos tan contentos. ¡Qué educados!
Pero a lo que iba: se nos reconoce. Y qué mejor ejemplo que bailando en las discotecas. Lo ves de lejos. Y es que no hay duda: si baila con las manos arriba, parece poseído cuando escucha Sexy bitch y se le oye más a él que a la música, entonces es español. Puedes acercarte con tranquilidad y gritar: “¡eh tío, que yo también soy español!”.
viernes, 19 de noviembre de 2010
13. Si vas a subirte a un taxi vienés, mejor límpiate bien los pies antes, no vaya a ser que les manches el Mercedes
Yo para taxi no usaría mi Xara. Sé que no es un buen coche pero oye, una le tiene su cariño. No me gustaría que jóvenes recién salidos de la discoteca subieran a mi coche con la última copa en la mano -y eso que aquí servidora lo ha hecho-. Pero que no. Y si no usaría mi Xara, creo que mucho menos usaría un Mercedes.
Aquí la cosa cambia. Yo no sé si será porque la ley lo exige, porque te dan puntos en el carné de conducir, porque los taxistas vieneses no acogen en su coche a borrachos que con casi toda la seguridad acabarán vomitando en el salpicadero o porque los taxistas tienen descuento; pero el caso es que en Viena el 85% de los taxis son de la marca Mercedes. Blancos, negros, plateados, largos, cortos, dos puertas, un modelo, otro…
Y alguien se preguntará: ¿pero quién se fija en los taxis? Pues yo, que tengo una parada en la mismísima puerta de mi casa. Todos ahí, colocaditos en fila esperando que los clientes se acerquen: Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Fiat, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Opel, Mercedes, Mercedes, Mercedes… y así un largo etcétera.
Lo mismo es para no desentonar con la elegancia de la ciudad porque hombre, queramos o no, no viste lo mismo un Seat que un Mercedes. O quizá simplemente sea que aquí la gente maneja pasta gansa.
Aquí la cosa cambia. Yo no sé si será porque la ley lo exige, porque te dan puntos en el carné de conducir, porque los taxistas vieneses no acogen en su coche a borrachos que con casi toda la seguridad acabarán vomitando en el salpicadero o porque los taxistas tienen descuento; pero el caso es que en Viena el 85% de los taxis son de la marca Mercedes. Blancos, negros, plateados, largos, cortos, dos puertas, un modelo, otro…
Y alguien se preguntará: ¿pero quién se fija en los taxis? Pues yo, que tengo una parada en la mismísima puerta de mi casa. Todos ahí, colocaditos en fila esperando que los clientes se acerquen: Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Fiat, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Mercedes, Opel, Mercedes, Mercedes, Mercedes… y así un largo etcétera.
Lo mismo es para no desentonar con la elegancia de la ciudad porque hombre, queramos o no, no viste lo mismo un Seat que un Mercedes. O quizá simplemente sea que aquí la gente maneja pasta gansa.
jueves, 4 de noviembre de 2010
12. Si pagas 4,90 euros por 16 fotocopias no lo dudes, te han timado… ¿es que aquí no existen los paraísos de fotocopiadoras?
Tienes que leerte un texto pesadísimo en una lengua que no dominas pero bueno, después de un mes dejándolo decides que ya es hora por lo menos de dar el primer paso, es decir, de imprimirlo. Luego ya veremos si te lo lees, pero al menos el primer paso estará hecho y no tendrás excusa. Así que coges dinerillo –bastante por evitar pasar la vergüenza de “¡uy! no llevo suficiente, ahora te traigo el resto”- y te vas. Encuentras una fotocopiadora y, evidentemente, esperas que las copias sean a un precio moderado, aunque si es algo más que en España bueno, no pasa nada, aquí todo es algo más caro.
Pero cuando imprimes 16 páginas en blanco y negro y pagas 4,90 euros, algo ha ido realmente mal. Mientras el dueño de la imprenta te da el cambio y te dice no-sé-qué de una tarjeta, tu cabeza no puede parar de dar vueltas y de intentar hacer la cuenta. 4,90 euros por 16 fotocopias, es decir, 28 céntimos la hoja, es decir, te han timado. Sí, lo mires por donde lo mires te han timado. Y de qué manera. Ni que la impresión estuviera hecha con hilo de oro.
Y yo me pregunto: ¿Dónde están esos lugares que en España crecen como los champiñones llenos de fotocopiadoras en los que te copian un libro tocho enterito por 2,5 euros y encima le ponen gusanillo? Creo que va a ser mejor comprarme mi propia impresora.
Pero cuando imprimes 16 páginas en blanco y negro y pagas 4,90 euros, algo ha ido realmente mal. Mientras el dueño de la imprenta te da el cambio y te dice no-sé-qué de una tarjeta, tu cabeza no puede parar de dar vueltas y de intentar hacer la cuenta. 4,90 euros por 16 fotocopias, es decir, 28 céntimos la hoja, es decir, te han timado. Sí, lo mires por donde lo mires te han timado. Y de qué manera. Ni que la impresión estuviera hecha con hilo de oro.
Y yo me pregunto: ¿Dónde están esos lugares que en España crecen como los champiñones llenos de fotocopiadoras en los que te copian un libro tocho enterito por 2,5 euros y encima le ponen gusanillo? Creo que va a ser mejor comprarme mi propia impresora.
jueves, 28 de octubre de 2010
11. Si no has puesto nunca una secadora, mejor no lo intentes cuando las instrucciones están en alemán…
Instrucciones básicas para poner una lavadora: separar la ropa de color de la blanca, poner detergente y suavizante, darle al botón de encendido, esperar algo así como una hora, parar la máquina y tender la ropa. Parece fácil pero no lo es tanto cuando las instrucciones de la lavadora están en alemán. Bien, no puede ser tan difícil. Metes la ropa, eliges un programa que así a simple vista no parezca muy agresivo y ale, a darle marcha después de intuir la cantidad de suavizante y detergente que hay que poner. Menos mal que para esta tarea te puedes ayudar de los dibujitos de la botella que, afortunadamente, son universales: una manchita, poco sucio, 20 ml; dos manchitas, bastante sucio, 40 ml; tres manchitas, casi ni te molestes en lavarlo, pero por si te empeñas 60 ml. Para tu sorpresa la ropa sale perfecta: limpia y con olor a ropa de la madre. Ahora solo falta secarla.
Te enfrentas a la secadora y aquí sí que estás jodido pero bueno, si todo el mundo utiliza el mismo programa, ¿por qué no usarlo tú también? Ya previsora decides apartar y secar en el radiador ese jersey de lanilla que tanto te gusta pero el resto de la ropa para adentro. Esperas la hora de rigor –hora y media si la secadora decide que la ropa no está lista- y sacas tus cosas. Vaya, no encuentras tus bragas y calcetines pero jurarías que los habías metido… A sí, aquí están, enredados entre las sábanas. Y normal que no los vieras: han reducido su tamaño considerablemente. Ahora son de la talla 28. Sin exagerar. ¿Y las bragas? De las bragas mejor no hablar. Solo decir que ahora mismo a una niña de 5 años le vienen a la perfección.
Te enfrentas a la secadora y aquí sí que estás jodido pero bueno, si todo el mundo utiliza el mismo programa, ¿por qué no usarlo tú también? Ya previsora decides apartar y secar en el radiador ese jersey de lanilla que tanto te gusta pero el resto de la ropa para adentro. Esperas la hora de rigor –hora y media si la secadora decide que la ropa no está lista- y sacas tus cosas. Vaya, no encuentras tus bragas y calcetines pero jurarías que los habías metido… A sí, aquí están, enredados entre las sábanas. Y normal que no los vieras: han reducido su tamaño considerablemente. Ahora son de la talla 28. Sin exagerar. ¿Y las bragas? De las bragas mejor no hablar. Solo decir que ahora mismo a una niña de 5 años le vienen a la perfección.
10. Cuando un austriaco dice no, ¡es que no! no importa que con un SI pueda evitar que tus dedos caigan congelados, ¡¡ha dicho NO!!
Por norma general, la primera vez que alguien nos pregunta algo y decimos que no, en realidad queremos decir que sí. Cuando eres pequeño tus papás te enseñan que cuando un tío o abuelo te ofrece dinero los domingos debes decir: “no, no, de verdad, no hace falta, déjelo”. Evidentemente sí que lo quieres y solo estás esperando que te vuelvan a preguntar para, entre dientes, musitar un “ah, bueno, vale, pues muchas gracias” mientras guardas la moneda del tesoro en tu bolsillo. Por si las moscas. Siempre corres el riesgo de que alguno de estos tíos tuyos sea más listo que tú y a tu primera negativa sea él el que se guarde la moneda y no la vuelvas a ver nunca más. Pero ya digo, y todo el mundo sabe, que esto raramente ocurre.
Quizá sea por esto y por otras tantas situaciones en las que la primera negativa de un español es solo la antesala del sí por lo que siempre esperamos que ocurra lo mismo. Pero no, si un austriaco te dice que no, es que no. No hay vuelta atrás y no importa los argumentos que utilices.
Mi primera negativa rotunda llegó cuando, un día gris de lluvia no intensa pero permanente decidimos ir a Mauthausen (un campo de concentración de la segunda guerra mundial). A estos sitios solo vas una vez en la vida, así que cuando estás quieres verlo como Dios manda y para ello necesitas una audioguía. Pero no, no te la dan. Aún no has terminado de pedirla cuando la amable señora menea la cabeza de lado a lado. No hay motivo, simplemente no, un ‘no’ dicho con la cara casi hinchada balbuceando palabras en a saber qué idioma. No, no, no. ‘No’ tan rotundo y que te dan ganas de decirle. “anda señora, primero tómese un Activia para eso de depurar el cuerpo y luego póngase a trabajar cara al público, hombre”. Primer propósito de ver el campo con audioguía, no logrado.
Con esto ya intuíamos que su ‘no’ es algo diferente al nuestro pero la teoría se confirmó cuando no importó que fuéramos mojados, que nuestras manos estuvieran rojas sufriendo casi principios de congelación, que tuviéramos que esperar veinte minutos bajo la lluvia que ahora era intensa ni que la temperatura fuera de cinco grados y bajando. Los austriacos tenían que cerrar, NO podían esperar cinco minutos, y cerraron. Segundo propósito de no coger una pulmonía, no logrado.
Así que el día concluyó bajo la lluvia pero, aún así, mereció la pena. Y mucho.
Quizá sea por esto y por otras tantas situaciones en las que la primera negativa de un español es solo la antesala del sí por lo que siempre esperamos que ocurra lo mismo. Pero no, si un austriaco te dice que no, es que no. No hay vuelta atrás y no importa los argumentos que utilices.
Mi primera negativa rotunda llegó cuando, un día gris de lluvia no intensa pero permanente decidimos ir a Mauthausen (un campo de concentración de la segunda guerra mundial). A estos sitios solo vas una vez en la vida, así que cuando estás quieres verlo como Dios manda y para ello necesitas una audioguía. Pero no, no te la dan. Aún no has terminado de pedirla cuando la amable señora menea la cabeza de lado a lado. No hay motivo, simplemente no, un ‘no’ dicho con la cara casi hinchada balbuceando palabras en a saber qué idioma. No, no, no. ‘No’ tan rotundo y que te dan ganas de decirle. “anda señora, primero tómese un Activia para eso de depurar el cuerpo y luego póngase a trabajar cara al público, hombre”. Primer propósito de ver el campo con audioguía, no logrado.
Con esto ya intuíamos que su ‘no’ es algo diferente al nuestro pero la teoría se confirmó cuando no importó que fuéramos mojados, que nuestras manos estuvieran rojas sufriendo casi principios de congelación, que tuviéramos que esperar veinte minutos bajo la lluvia que ahora era intensa ni que la temperatura fuera de cinco grados y bajando. Los austriacos tenían que cerrar, NO podían esperar cinco minutos, y cerraron. Segundo propósito de no coger una pulmonía, no logrado.
Así que el día concluyó bajo la lluvia pero, aún así, mereció la pena. Y mucho.
9. Aunque en España algún plato te salga niquelao', no intentes cocinarlo fuera, puede ser un desastre...
Es que claro, tener que ir con el diccionario a hacer la compra es lo que tiene. Te levantas animada una mañana que has decido aprovechar y cuando te dispones a tomarte tu vaso de leche para coger fuerzas, no hay leche. Entonces decides que es hora de ir a hacer la compra. Y como es de las primeras compras tiene que ser grande.
Entras al supermercado cargada con las bolsas de plástico que has decidido no olvidar más veces en casa –por cada bolsa te cobran- y te diriges hacia la primera sección dispuesta a comprar carne para hacer filetes rusos. Por no sacar el diccionario y parecer la paleta mayor, intentas decidirte por el color de la carne y compras una que, de paso, sea barata –no olvidemos que tenemos que ceñirnos a la economía Erasmus-. Así pues, cuando has cargado la carne te diriges a la sección de especias: Paprika, Pfeffer, Origano… ¡coñó, si yo solo quiero perejil! Y entonces sí, quieras o no, tienes que echar mano al diccionario. Ahí lo descubres, lo que tú buscas es Petersilie. Petersilie. Vale, lo coges y tratas de no olvidar esa palabra jamás por aquello de ir ganando vocabulario en alemán. Petersilie.
Continúas con tu compra tratando de descifrar a través de los dibujitos si el tomate que vas a comprar es frito, natural, pelado, entero, troceado o triturado… ¡cómo echas de menos el tomate Hida! Pero bueno, te tienes que adaptar a lo que hay así que compras algo. Ya luego descubrirás si has acertado –pero va a ser que no, que lo querías frito y es natural entero-.
Después de intentar comprar las cosas básicas, pagar tras no haber entendido una parrafada que ha dicho la cajera de algo relacionado con una tarjeta, subir las bolsas de la compra hasta tu habitación y meter todo en la nevera; te dispones a cocinar. Sacas la carne. ¡Mierda, huele a ternera y yo quería cerdo! Sacas los ajos. ¡Vaya, no tengo picador de ajos! Sacas el perejil ya que sabes que con eso has acertado y te dispones a hacer la mezcla. De repente, como si de una aparición bíblica se tratara, recuerdas a tu madre echando pan rallado en la carne. ¡Mierda, de eso no te has acordado! Pero bueno, no le das mayor importancia y decides que si Ferrán Adrià puede, tú también. Así que innovas, improvisas y echas harina, que seguro que no falla. Fríes los filetes y te dispones a comer después de tan dura mañana. Y no, no saben para nada como sabían en España. Es más, están malos.
Y entonces, mientras te comes esos filetes rusos –por llamarlos de alguna manera- y ves los trocitos de esa especia que tanto te ha costado conseguir te dices: “Vamos a ver si recuerdo como se llama…” y después de tres minutos pensándolo te das cuenta de que, simplemente, lo has olvidado.
No ha sido una buena comida pero bueno, seguro que mejorarán con los meses y si no es así esperaremos a volver a España a compara a nuestro querido Mercadona.
Entras al supermercado cargada con las bolsas de plástico que has decidido no olvidar más veces en casa –por cada bolsa te cobran- y te diriges hacia la primera sección dispuesta a comprar carne para hacer filetes rusos. Por no sacar el diccionario y parecer la paleta mayor, intentas decidirte por el color de la carne y compras una que, de paso, sea barata –no olvidemos que tenemos que ceñirnos a la economía Erasmus-. Así pues, cuando has cargado la carne te diriges a la sección de especias: Paprika, Pfeffer, Origano… ¡coñó, si yo solo quiero perejil! Y entonces sí, quieras o no, tienes que echar mano al diccionario. Ahí lo descubres, lo que tú buscas es Petersilie. Petersilie. Vale, lo coges y tratas de no olvidar esa palabra jamás por aquello de ir ganando vocabulario en alemán. Petersilie.
Continúas con tu compra tratando de descifrar a través de los dibujitos si el tomate que vas a comprar es frito, natural, pelado, entero, troceado o triturado… ¡cómo echas de menos el tomate Hida! Pero bueno, te tienes que adaptar a lo que hay así que compras algo. Ya luego descubrirás si has acertado –pero va a ser que no, que lo querías frito y es natural entero-.
Después de intentar comprar las cosas básicas, pagar tras no haber entendido una parrafada que ha dicho la cajera de algo relacionado con una tarjeta, subir las bolsas de la compra hasta tu habitación y meter todo en la nevera; te dispones a cocinar. Sacas la carne. ¡Mierda, huele a ternera y yo quería cerdo! Sacas los ajos. ¡Vaya, no tengo picador de ajos! Sacas el perejil ya que sabes que con eso has acertado y te dispones a hacer la mezcla. De repente, como si de una aparición bíblica se tratara, recuerdas a tu madre echando pan rallado en la carne. ¡Mierda, de eso no te has acordado! Pero bueno, no le das mayor importancia y decides que si Ferrán Adrià puede, tú también. Así que innovas, improvisas y echas harina, que seguro que no falla. Fríes los filetes y te dispones a comer después de tan dura mañana. Y no, no saben para nada como sabían en España. Es más, están malos.
Y entonces, mientras te comes esos filetes rusos –por llamarlos de alguna manera- y ves los trocitos de esa especia que tanto te ha costado conseguir te dices: “Vamos a ver si recuerdo como se llama…” y después de tres minutos pensándolo te das cuenta de que, simplemente, lo has olvidado.
No ha sido una buena comida pero bueno, seguro que mejorarán con los meses y si no es así esperaremos a volver a España a compara a nuestro querido Mercadona.
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